Pequeños relatos

Doradas manos indígenas. Parte II.

[3 min de lectura estimados]

ca. 1949, Stromboli Island, Italy --- Ingrid Bergman during the shooting of Roberto Rossellini's . --- Image by © Studio Patellani/CORBIS

Ingrid Bergman en Stromboli.

Aprovechó la media desnudez de la masturbación y la convirtió en desnudez. Caminó descalza sobre la cálida moqueta y al llegar al baño, las frías baldosas le hicieron estremecerse y por primera vez en la mañana notó una sensación de desagrado. Casi de asco. […] Eligió la ropa al azar y se la puso por el cuerpo.

Estaba lista para bajar a la cocina y las escaleras no ayudaban con la falta de aire que sentía en el pecho todas las mañanas antes de ver a su sirvienta. Solo las mañanas y solo un par de minutos de aturdimiento.

Sobrepasó el umbral con cuidado mientras seguían sonando las tazas y los platillos y las cucharas. La sirvienta no se había percatado de la situación y continuaba su labor; sirviendo café y untando los panecillos blancos de media cocción que vendían a granel en uno de los puestos del mercado de la ribera. A ambas les gustaban aquellos panecillos.

  • Buenos días, Telma – dijo con voz metálica.
  • Buenos días – respondió la criada. Por como dio la respuesta, hoy no era uno de esos días de felicidad. Era otro día de migajas. Como muchos hace mucho tiempo.
  • Tengo prisa, me esperan los pacientes; café y medio panecillo por favor. – había tomado la determinación, desde que la criada comenzó a comportarse de ese modo enigmático, de resultar áspera para llamar su atención. Se encontraba perdida y superada por sus sentimientos y solo le quedaba lo ilógico de quienes no saben tomarse las relaciones con la frescura de quienes si saben hacerlo y son más felices.
  • Por supuesto. Aquí tiene – y respondió antes de servir.

Telma no era consciente de su propia actitud ni de la repercusión que tenía su abandono. No obraba con malicia. Desde hace algún tiempo echaba demasiado de menos Nicaragua y estaba tan anestesiada que no podía sentir. Al ignorarlo todo, respondía a la aspereza de Elena con sumisión y más trabajo. Los domingos no importaban y tampoco Ingrid Bergman.

Mientras Elena acababa rápido el desayuno y se colgaba la bandolera de trabajo en la entrada de la casa, dijo a media voz y a modo de despedida:

  • Telma, el domingo anuncian Stromboli en la televisión. Por la tarde – y cerró la puerta sin dar tiempo a contestar.

El hospital no estaba lejos de su casa y podía ir casi siempre a pie. Llovía y por ello llevaba un paraguas. Mientras andaba, pensaba que la involuntariedad de Telma le dolía más que la premeditación. Esta situación confería a sus sentimientos la categoría de absurdos y sentía una rabia ciega que se diluía con las horas a medida que se transformaba en culpa y necesidad de redención. Sin darse cuenta había llegado a su consulta y charlaba con la primera paciente.

La mañana avanzaba pesada y lenta y cuando iba por la mitad de la larga lista de pacientes, la enfermera sustituta que pasaba consulta con ella, llamó a la puerta y le pidió que saliese:

  • Es Telma, doctora. Su empleada. Está en la evolución de la urgencia. Ha venido sola y a pie y se ha desplomado en la puerta. – dijo la enfermera
  • ¿Me ha mencionado? – preguntó.
  • No – respondió la enfermera extrañada.

Dejó a la enfermera con la palabra en la boca y regresó dentro. Dio por finalizada la consulta alegando una urgencia y citó al resto para otro día. No importaba demasiado.

 

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