Pequeños relatos

DORADAS MANOS INDÍGENAS. PARTE III.

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Nada dorado puede permanecer.

Telma soñaba en una cama de la cuarta planta del hospital y Elena siempre estaba allí. Pasó los días del ingreso mirando las gotas de lluvia que resbalaban por la ventana. Había nacido en un pueblo pequeño del norte de Nicaragua y escapó de allí cuando toda su familia murió en un incendio que consumió la casa familiar de tres plantas. Aquella misma noche tras el incendio, siendo aun muy pequeña, recorrió a pie mientras despuntaba el alba, los kilómetros hasta el pueblo más cercano. De esa trágica noche le quedó una repulsión enfermiza por el olor a quemado.

Tocó la primera puerta que encontró en el pueblo, al principio tímidamente y cuando pasaron los minutos golpeándola y gritando. Las mujeres que allí vivían, lo hacían de noche y dormían de día. La dueña del local apareció tras la enorme puerta, cogió a la pequeña, le apartó un mechón rebelde hacia la oreja y entro en el local con ella en brazos.

Pasó el tiempo y su madre de acogida murió satisfecha y tranquila, agradecida a la providencia y sin nada que reprocharle al mundo. Telma se colocó al frente del local y consiguió lavar la cara del burdel; lo sacó del barro y de los prejuicios de un pueblo antiguo y triste. Consiguió apaciguar a las contrahechas esposas ajadas de entrañas secas, que llamaban a la puerta furiosas en busca de sus maridos. Cuando ya no tuvo nada más que hacer en aquel pueblo adoptivo, puso sus papeles y sus cosas en orden y pagó un billete para España. Sin más razón que la necesidad de cruzar el océano. Mientras embarcaba en el avión dejaba medio corazón en Nicaragua.

  • ¿Qué tal estas hoy Telma?- dijo Elena. Había pasado los últimos cuatro días sin despegarse de su cama y acababa de llegar fresca y limpia de casa. Brillaba el sol de domingo.
  • Genial – respondió distraída.
  • Estoy acabando de recoger tus cosas, te han dado el alta, nos vamos a casa. –
  • Es genial- repitió con una sonrisa tan nostálgica que casi sin querer hacerle daño y casi sin querer continuó; sigue siendo domingo y esta tarde pasan Stromboli como dijiste. Me gustaría verla. Contigo.

Mientras miraba por la ventana, el tiempo se detuvo para Elena y se sintió grande y feliz, sin embargo no podía dejarlo entrever tan fácilmente.

  • Primero tenemos que llegar a casa – respondió mientras escondía una sonrisa radiante que solo pudieron ver las golondrinas que anidaban por fuera de la ventana.

Pasaron los meses y Elena despertó una mañana cuando ya no podía dormir más. En los segundos que el mundo onírico roba a la realidad, unas doradas manos de indígena le acariciaban el pelo negro. Bien entrada la mañana, se entretenía como siempre mirando sus desnudos pies mientras estaba tumbada en la cama.

Abajo en la cocina se escuchaba el sonido de una taza rompiéndose. Una taza cuyo interior nácar ya nadie acariciaba.

Se había ido. Casi sin querer regresar, regresó a Nicaragua.


 

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