Pequeños relatos

Doradas manos indígenas. Parte I.

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El interior nácar de las cosas.

Despertó de un sobresalto. La luz no entraba por la ventana; unas gruesas cortinas a juego mantenían la habitación en penumbra. La dura cama era perfecta y aquel vendedor calvo y sudoroso de la tienda del centro era bastante competente. Se sentó en la cama y atusó su larga cabellera de pelo negro con la palma entumecida de la mano derecha. Decidió correr las cortinas y lo que vio fuera no le sorprendió. Lluvia. Tampoco le entristeció. No importaba demasiado. Hoy el tiempo no importaba, ni ayer, ni el lunes. Solo el tiempo del domingo importaba.

Aún faltaban horas para ir a trabajar por lo que decidió volver a tumbarse. Desde esa posición, miraba la lluvia que caía desde fuera y pasó a mirar sus pies desnudos recorriendo con lentitud cada uno de sus dedos y sus uñas pintadas de rojo. Estaba realmente disfrutando de este momento mañanero y eso estaba bien.

Comenzó a escuchar ruido de tazas y platos desde el piso de abajo. Venían de la cocina. Le gustaba la forma con la que su sirvienta trataba la vajilla y todo lo que estaba a su alcance. Imaginó los dedos de sus pequeñas y doradas manos de indígena acariciando el interior nácar de las pequeñas tazas de desayuno. Sus brazos cortos y bronceados y marcados por las cicatrices de las refriegas infantiles. Continuó recorriendo mentalmente las partes de aquel cuerpo de caderas estrechas y muslos finos; las bisagras de sus rodillas, la curva de la nalga derecha, ligera y firme, imperceptiblemente más corta que su hermana izquierda, los huesos ligeros y frágiles de su espalda. Sus pechos infantiles de pezones oscuros, su ombligo curioso mirando el mundo y su bajo ombligo insaciable y ecléctico. Era bella y era exótica. Tumbada como estaba, deslizó la mano con la que antes se había colocado el pelo y se masturbó. La urgencia determinó la duración y la mano contraria ahogaba el grito de placer.

No era la primera vez que se masturbaba pensando en ella. Comenzó cuando el sexo cesó súbitamente un domingo por la tarde. Los domingos por la tarde pasaban por la televisión reposiciones de películas antiguas y algunas de ellas las protagonizaba Ingrid Bergman.

A su sirvienta le encantaban todas las películas que ella hacía, como un gozo de la infancia. Se juntaban en el salón y cuando acababan de ver la película, se dejaban llevar y ambas dormían juntas. El habitáculo de sirvienta amanecía vacío y sin vida.

Un domingo cualquiera hace tiempo, su sirvienta no pareció interesada con la idea de ver Casablanca aquella tarde. Terminó sus trabajos y pidió permiso para retirarse a tu habitación. Allí se quedo ella, en el salón, sola y pensativa. Nunca hablaron de las razones, ningún reproche y ninguna tentativa. No podía considerarlo amor; en su opinión el amor se mide en tiempo y no había pasado el suficiente para extrañar con vehemencia aquellas tardes de domingo. Sentía una tristeza soportable y monótona. La soledad no era una carga puesto que llevaba así desde que termino la universidad.


 

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