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Amor de gatos

Gabri Durán (Ricardo Neftalí)
Gabri Durán (Ricardo Neftalí)

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Con 24 años y algunos meses, tenía el pelo tan negro que nadie se había atrevido nunca a decirle que llorar no era algo de lo que avergonzarse. En realidad estaba realmente guapa cuando lo hacía.

Los años de vida doméstica no habían dejado en ella ninguna huella. Era tan dura y resistente como el día que su madre la parió, junto a sus cuatro hermanos. Aburrida de la comida en latas, las caricias y la leña, abandonó la casa humana en busca de su castrado instinto animal.

La conocí una noche de luna, mientras ambos vagabundeábamos por los tejados de la parte baja de la ciudad, cerca del puerto, donde estaban las cabezas y tripas de los peces que las lonjas, tras la jornada, tiraban a la basura. Después de la cena, sellamos nuestra nueva alianza con un par de lametazos ásperos. Yo ya ronroneaba. Ella tardó algo más.

Había que repetirle en voz muy baja, despacio y con mucho cuidado, lo maravillosa que era; si se hacía de otra forma, las palabras se escapaban entre sus cuatro patas, se desparramaban como el agua de un cántaro de barro que se rompe por la base y al igual que esta, las palabras hacían crecer flores blancas entre sus zarpas. Como buena gata, era altanera e ignoraba las flores que crecían bajo ella mientras las dejaba atrás con un par de elegantes saltos. Como buen gato, yo era vulnerable y envolvía sus flores en un ramo que después colocaba en casa. Nuestra casa era una casa de flores, de sus flores que yo envolvía.

Era admirada por los demás gatos, la líder a la que recurrir cuando las situaciones se torcían. Para ellos nada podía afectarla. Por algún motivo, comenzó a dejar migas de pan con el propósito de que yo las encontrase. Cuando la curiosidad me pudo, seguí estas migas y me llevaron hasta lo más profundo de ella. Todo lo que observé era tremendamente frágil. Antes de abandonar su interior y con cuidado de no romper nada, escribí con un rotulador rojo en las paredes de aquel sitio, un mensaje largo con la esperanza de que al menos esta parte no la olvidase nunca:

[… las cosas buenas o malas, así como la enfermedad o la salud, no tienen un motivo. Recuerda que aunque te gustase, solo puedes acompañar a los otros gatos en este viaje, ayudarles con sus pesados equipajes, pero nunca cargarlos sola…]

Este viaje a su interior, junto con las migas que me seguía dejando, me ayudaron a comprenderla mejor y quererla aun más. Exigirle cosas habría sido lo mismo que ponerle una cadena, ella siempre anhelaría su libertad. Gracias a esto, cuando después de muchos años, tuvimos que separarnos, no hubo nostalgias y sí muchas sonrisas, al fin y al cabo, lo nuestro siempre sería amor de gatos


 

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Gabri Durán (Ricardo Neftalí)

Ricardo Neftalí nació y vivió. Ahora ya no lo hace, o mejor dicho lo hace a medias, en estado de espera, como el polvo flotando. Pasó su tierna infancia (que duró unos 18 años) en un pequeño p