Pequeños relatos

Corolario

[8 min de lectura estimados]

 

La quinta raza es la actual de hierro, indignos descendientes de la cuarta. Son degenerados, crueles, injustos, maliciosos, lujuriosos, malos hijos y traicioneros.

 

No estaba buscando trabajo y vivía del poco dinero que tenía ahorrado. Solía trabajar un año completo e intentaba gastar lo menos posible ahorrando prácticamente la mitad cada mes y cuando empezaba el nuevo año abandonaba el trabajo y me dedicaba a escribir hasta que necesitaba más dinero. Llevaba meses sin escribir una palabra. Incluso había abandonado la lectura y pasaba casi todo el día tumbado. Algunas de las cosas que sucedían me resultaban tremendamente confusas y, como con todo lo que me era difícil o doloroso las metía en una bolsa que dejaba en el alfeizar de la ventaba. Un día cualquiera Sofía se marchó de puro agotamiento y esa tarde recibí una oferta de trabajo y, aunque no necesitaba el dinero, decidí aceptarlo.

Durante los tres primeros meses todo trascurrió sin problemas, era un trabajo sencillo y salía en hora casi todos los días. Cada mes había que buscar, ordenar, leer, seleccionar y escanear las noticias de interés de las tiradas nacionales más conocidas separadas por décadas. Todo según mi criterio y aunque no estaba capacitado creo que hice un buen trabajo.

Escaneaba e informatizaba los periódicos antiguos en una biblioteca pública del centro de la ciudad. En una de las hojas del contrato estaba recogida la siguiente frase: […] las generaciones venideras nacen con el derecho a conocer la palabra impresa aunque esta fuese escrita antes incluso de sus nacimientos. Recuerdo cuanto me llamó la atención. No podía dejar de leerla ni podía apartar la vista. Era repulsiva y hermosa y me transportaba al último día de cada curso de primaria con esa penosa actitud de portarme como un santo y así enmendar el resto del curso.

Por aquel entonces, vivía en un piso del centro cerca del trabajo y durante mis paseos desde casa al trabajo me concentraba en mi tema preferido: la enfermedad. Esta obsesión comenzó en la universidad y es una forma elegante de decir que realmente estaba obsesionado con la muerte en todas sus formas; las violentas y las que no lo son, las que tienen motivos y las que no y el resto de las que tienen algo o no lo tienen. Por lo demás era completamente funcional y hasta me atrevería a decir que apreciaba más la vida que la población general solo por pensar en la muerte a todas horas.

Dejó de hacer calor y comenzaron a caer las hojas. En Octubre según el calendario oficial comenzábamos con los noventa. A pesar de haber nacido en esos años no pertenecía a ellos. Perteneces a una u otra década si te emborrachas o follas o vomitas en ella, y yo en los noventa no hice nada de eso. Una mañana al ocupar mi mesa de trabajo el calendario insinuaba que era veintidós de Octubre. Era mi cumpleaños. Iba bastante retrasado por lo que me empleé a fondo. Al poco de empezar topé con un artículo muy interesante que pertenecía a la columna de sucesos de uno de los periódicos locales. El texto se titulaba Un inmortal en la década de los noventa y estaba fechado en Noviembre de 1991 firmado por un tal P. Karfnosky. El artículo decía así:

Los vecinos le reconocían por la perfecta coleta que llevaba cuando salía a correr antes de ir al trabajo. […] Vivía junto a su esposa, en uno de los nuevos residenciales de la ciudad. Una mañana como cualquier otra despertó, se arregló su coleta y salió a correr un par de kilómetros. Cuando completó la mitad de la distancia, comenzó a ver borroso, sentir náuseas y mareo, pocos minutos después, se desplomó sobre el asfalto. Testigos de lo sucedido aseguraron verle convulsionar en el suelo tras la caída.

Al recuperar la consciencia en el hospital, los médicos le informaron del diagnóstico inicial; habían visto una gran masa en la resonancia magnética, que por tamaño y sintomatología parecía de pronóstico infausto. Los facultativos daban 3 semanas de supervivencia.

[…] era un hombre poco dado a aspavientos, meticuloso y puntual, con su habitual tranquilidad dio la mala noticia a su mujer. Una semana después había remitido la sintomatología y como medida de integridad moral, sus médicos le dejaron marcharse a casa. Reunió a sus amigos y familiares más cercanos y les comunicó la noticia. Nadie podía creerlo, parecía estar completamente sano. Los siguientes dos días puso en orden sus obligaciones con el banco, comprobó el estado de su póliza de vida y dispuso todo para proteger económicamente a su esposa tras su muerte. Había interiorizado la situación, estaba tranquilo y en paz, había tenido una buena vida. El primer día de su última semana, muy temprano, recibió una llamada del jefe del servicio de Neurología del hospital. Parecía desconcertado y le rogaba acudir con premura al hospital pues tenían un asunto urgente del que tratar.

[…] uno de los encargados administrativos debutó con un brote psicótico y esa misma mañana se dedicó a cambiar las etiquetas con los números de historias de los pacientes. Una vez resuelto el entuerto, repitieron la resonancia y no había rastro del tumor. Sus síntomas habían sido pasajeros y se debía a un cuadro vasovagal.  Estaba completamente sano. Todo había sido una tremenda equivocación.

La noticia se recibió como un regalo, su familia, amigos y todos los que se había enterado del estrambótico caso se sentían aliviados. Todo quedaría en una historia que contar una navidad detrás de otra hasta quedar en los anales familiares. Eran felices. Sin embargo, como hombre amante del orden y las normas se sentía fastidiado por este cambio…]

[…] su mujer lo encontró muerto en la cama la mañana del 22 de Octubre aproximadamente el mismo día que los médicos había pronosticado su muerte.

Antes de terminar el artículo comenzó a temblarme todo el cuerpo y al acabar de leerlo el temblor se convirtió en un auténtico ataque de nervios. Sin querer comencé a tirar todos los objetos que estaban encima de la mesa y al incorporarme para recogerlos las manos me temblaban demasiado para agarrar nada con firmeza. Necesitaba aire fresco de la calle y aunque no era la hora de cerrar me fui sin dar explicaciones. Andar me ayudaba a poner mis ideas en orden a través de un complejo sistema propio de monólogo interno que resultaba agotador.

¿Qué sabemos hasta ahora? Que un tío eligió el momento exacto de su muerte. Ya pero por lo que conocemos de los libros eso es imposible. Tú también lo has leído, ¿no estarás insinuando que ha sido casualidad? Podría ser. Sería lo más plausible. ¿Qué sucede? ¿No recuerdas las tres normas básicas que establecimos nada más entrar aquí? UNO: las casualidades no existen. DOS: el instinto gana a razón. TRES: quejarse es útil. Estás en lo cierto. Perdón. ¿Por dónde íbamos? Un hombre en la década de los 90 decidió cuando morir. Espera. ¿Y si? ¿Y si, qué? ¿No lo ves?

No importa que ese hombre escogiese cuándo morir lo que realmente importa es que ese hombre podría haber escogido no hacerlo. ¿Qué quieres decir? Ese hombre eligió morir por la razón que fuese y si no hubiese tomado esa decisión seguiría vivo y no habría muerto. La elección de cuándo morir es propia de alguien que tiene el más absoluto control sobre la vida y puede desprenderse de ella. En otras palabras: un inmortal. Ya entiendo. Además, eligió morir el mismo día que nacimos y hemos encontrado el artículo justo hoy el día de nuestro cumpleaños. ¿Casualidad? ¿Otra vez? Es verdad, disculpa. No es una casualidad. Estábamos destinados a encontrarlo. Alguien tiene que atesorar ese don, estaba recluido entre las palabras y lo hemos liberado. ¿Significa que ahora somos inmortales? ¿Significa que se acabó pensar en la enfermedad y en la muerte? Significa eso exactamente.

Llegué a casa como nuevo. Las ideas flotaban en mi mente claras y ordenadas. Me encontraba fuerte y animado. Decidí llamar a Sofía para contarle todo y los motivos por los que debería regresar a casa pero el teléfono no daba señal. Esa noche me metí en la cama con una sensación de tranquilidad como nunca antes había experimentado.


 

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