Pequeños relatos

Cuatro historias impares

[5 min de lectura estimados]

 

1 – Flâneur

Sin duda era un hombre lleno de firmes convicciones y leer en una terraza a pesar del frío invernal obligaría a la primavera a llegar antes. Su fe se cimentaba en la imagen de la Virgen María y entre los huecos integraba ciertas ideas sobre el animismo y el paganismo. En realidad no se detenía a pensar nada demasiado y menos si era complicado.

La novela era insípida y estaba llena de comas y adjetivos innecesarios por lo que prefería mirar a los transeúntes. Dos ancianas caminaban agarradas del brazo. Las miraba distraído hasta darse cuenta que una de ellas le observaba fijamente; dijo algo a su compañera y decidieron cruzar la calle.

Eres el nieto del pintor que vivía en el quinto derecha preguntó una de ellas. No sabía de qué hablaba pero asintió sin saber por qué. Te pareces a él. Acompáñanos a casa. Aun conservo algunos cuadros de tu abuelo. Fue mi amante cuando tu abuela murió.

Caminaba entre las ancianas ofreciéndoles a ambas cada brazo. La que no hablaba le pellizcó el trasero un par de veces. Quizás los cuadros fuesen buenos y entonces merecería la pena subir. Formaban un trío extraño y mientras caminaban recordó la primavera en la que cumplió siete años. No había llovido gran cosa y su madre decidió sacrificar una oveja de la granja. Al día siguiente estalló una tormenta y no paró de llover en semanas.

 

2 – El canto del alcaraván

Era una mujer coja cuando la conocí pero probablemente llevaba algunos años fingiendo antes del accidente. Tenía asignada una pensión desde que su marido murió de un tumor intestinal. Parecía un alcaraván pequeño y huesudo con los ojos amarillos por la ictericia.

De madrugada mientras regresaba a casa cantaba copla española a pleno pulmón y lo hacía bien y nunca desafinaba. La gente le pedía que cantase y le pagaban alguna copa para que lo hiciese. Cuando terminaba todo el mundo parecía contento y aprovechaba para recordar entre los aplausos lo lejos que habría llegado de no haberse casado.

Murió vieja y sola en un piso del centro de la ciudad. Los bomberos tardaron una semana en sacar toda la basura del apartamento. Días antes había mandado un giro postal con sus pocos ahorros a un sobrino minero que vivía en Asturias y al que hacía años que no veía. Después de su muerte el ayuntamiento colocó en la plaza una estatua en su honor. A los pies de la estatua había una urna trasparente y en su interior colocaron la pequeña colección de bolas de cristal que me había dejado en herencia. Contaba con bolas de casi todas las ciudades importantes de Rusia y era un bonito recuerdo del único viaje que había hecho.

 

Por las mañanas cuando el sol bañaba la plaza veía la estatua desde la ventana de mi cuarto. Alguien que nunca la hubiese conocido jamás pensaría que era coja.

 

3 – Simulacros, replicantes y clones

Mientras estaba en el tren decidió que ya no lo soportaba más. Los últimos cinco minutos del viaje hasta llegar a la estación los gastó en elaborar un discurso lleno de buenas razones y un plan de acción consecuente. Todo sonaba muy convincente.

Los episodios de misantropía habían reaparecido.

Ya era un adulto joven y se esperaba que devolviese de algún modo todo lo que se había invertido en su educación. La sociedad lo esperaba. Alguna idea innovadora que mejorase el mundo. Debía ser sagaz, emprendedor y valiente pero sobre todo dinámico. Levantarse con pasión arrebatada y dar las gracias cada mañana por un nuevo día. Sin cabida para la tristeza o la nostalgia. Parecer siempre fresco y limpio. Evitar  la soledad como la peste. Exprimir el tiempo libre hasta asfixiarlo.   Saber cuál es tu lugar en el mundo.

Había escuchado en algún lugar que el éxito profesional era un invento del siglo veinte. Sonaba muy bien y repetía la frase a menudo para justificar ciertos comportamientos aunque nunca le convencía del todo. Una idea parásita rondaba su mente: tienes que hacer algo.

Antes de llegar a casa hizo lo que pudo y compró un libro de autoayuda.

Pasó lo que quedaba de día en la cama intentando tener pensamientos elevados y  estuvo a punto de conseguir alguno. Miro el reloj y ya era demasiado tarde para hacer nada. Mañana comenzaría el cambio y ese pensamiento actuó de bálsamo durante unos minutos. En realidad sabía que todo seguiría igual.

 

4 – Los locos quieren ser paraguas

Frank era un gato pero él quería ser una bufanda. Era pequeño y su pelo era tan corto que estaba todo de punta dándole un aspecto demasiado cómico. La primera vez que entró en su nueva casa caminó despacio hasta la habitación principal y con las patas delanteras abrió un baúl y se metió dentro doblado por la mitad con un mechón de pelo blanco hacia fuera a modo de etiqueta.

Buscaba siempre los cuellos. Era metódico y necesitaba un par de vueltas para calcular la distancia y el grado de calor necesario. Su dueña comenzó a usarle como bufanda.

Por la calle la gente murmuraba extrañada. Algunos eran tan mal educados como para preguntar y Anne respondía divertida que Frank parecía una gato pero era una bufanda. Esta respuesta solía molestar a las personas no por la presunta locura de la dueña si no porque la respuesta iba en contra de lo que veían. No es la locura lo que molesta a los sanos es la  la sensación de estupidez que les causa su falta de originalidad. A los sanos les gustaría estar locos y a estos les gustaría ser paraguas.

Frank preguntaba extrañado a Anne. ¿Seré un gato?. No, eres una bonita bufanda. Luego los dos se echaba a reír e iban a un bar a celebrarlo.

Llegó el verano las bufandas dejaron de usarse y con ello empezaron las dificultades.


 

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