Pequeños relatos

Fe ciega

[4 min de lectura estimados]

Plaza Trascorrales, Oviedo, Asturias (Spain)

 

Sentados uno frente al otro en aquel bar oscuro y desgastado, Carlos observaba lo que hacía Chloe, su mano se movía suave sobre los edificios de una escondida plaza de la ciudad en la que se habían conocido. Había decidido pintar aquel sitio porque sabía que a él le gustaba y además le recordaba a las noches de verano. Resaltaba con la punta del bolígrafo los póstigos de algunas ventanas, los barrotes negros de otros balcones o las lámparas de las farolas. Todo al azar, como a ella le gustaba, y no podía hacerlo mejor.

Estaba siendo una tarde buena y aquello que hacían juntos era algo nuevo e íntimo. Carlos estaba compartiendo con alguien aquello que más amaba hacer; gastar la tarde en un bar leyendo. Ella permanecía callada y ocupada pero percibía que estaban pasando un rato único. Solo mientras repasaba con un bolígrafo de tinta negra, los trazos del esbozo de acuarela parecía concentrada; el resto del tiempo se preocupaba a partes iguales por el pasado y el futuro. Esto último era nuevo para ella y necesitaba algunos días para adaptarse.

Acabaron por cansarse de no hablar. Pagaron y salieron a la calle. Por fin pudieron agarrarse de la mano y acurrucarse juntos; soplaba viento fuerte y frío desde el Oeste desde hacía tres días.

Mientras se duchaban juntos, Chloe solía recordarle que debía frotar con fuerza el pelo de detrás de las orejas porque allí veraneaban los piojos. Amaban el agua caliente y cuando acababan, ella usaba una toalla pequeña para secarse el pelo y aprovechaba para explicar que los tomates crecen mejor y más fuertes regados con agua salada. Carlos escuchaba divertido y se preguntaba de donde saldrían esos conocimientos. A la vez que hablaban, una gata que vivía en la casa por su cuenta, entraba en el baño a hurtadillas y bebía los restos de agua con jabón que habían quedado. Sin duda, era lo que más disfrutaba en el mundo. Cuando acababa y quedaba satisfecha, mordía algún dedo desnudo de algún pie y se marchaba. Más tarde, frente a la nevera, el buscaba algo que cocinar. La tarde terminaba cuando Chloe entraba descalza en la cocina con una camiseta, unos vaqueros y el pelo aún húmedo.

Por algún motivo, sus caminos se cruzaron por la mitad y cuando se encontraron estaban exhaustos y doloridos. La situación no necesitaba presentaciones, no había batalla que presentar, y en aquella habitación húmeda se refugiaron debajo de las sábanas. Fuera de los límites de ese espacio, podían hacer lo que quisiesen, pero en esa habitación, una vez cerrada la puerta, habían prometido cuidarse. Dos completos desconocidos que abrieron el libro por los capítulos finales.

Carlos armado con la determinación de alguien que cree estar obrando de manera correcta, comenzó a pasar las páginas hasta el principio. Los primeros capítulos hablaban de los días de vela y espuma, que se agitaban gracias a los vientos del Sur. Nadie podía enterarse y para ocultar el dolor, lloró escondida entre dos ciudades. Tantas lágrimas surcaron sus mejillas, que a sus pies nació una laguna de agua salada. El sol y el tiempo evaporaron el agua, y en el cielo pudieron verse unas nubes altas con las formas de su pelo.

La sal que no podía ascender, sustituyo su laguna por una salina blanca y grande. La época de lluvias formaba extensos charcos poco profundos y los flamencos aprovechaban para descansar de sus viajes, mientras limpiaban sus delicadas plumas y enseñaban modales a los curiosos niños que se acercaban.

Decidió imitar lo que había creado: se dejaría cubrir muy poco a poco, de una dura y gruesa cascara de sal y el agua solo podría formar charcos poco profundos sin penetrar hacía el interior. Cuando una persona es joven y tiene un mundo interior bonito y delicado y este no recibe agua, acaba por secarse y morir. Juntos intentaron hacer lo posible por rescatar los pedazos que aun quedaban aunque otros nunca volverían a recuperarse.

Por aquel entonces, Carlos estaba acabado, y lo más desconcertante para ella era que prefería estarlo. El final acabó por llegar. Él se fue y ella se fue y todos se fueron. Podrían haber llegado a ser cualquier cosa. Nada podría ensuciar aquellos maravillosos meses.


 

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