Pequeños relatos

Un Octubre de lo más común

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Era otoño y esa estación siempre hacia que me costase más salir de casa. También me pasaba en invierno, primavera y verano. A esas horas, mis compañeros ya estarían sentados en sillas de madera incomodas, subrayando de miles de colores diferentes las atiborradas paginas de esos horribles libros. Después de prometerme la semana anterior, que la semana previa solo había sido un accidente, esta tercera semana me prometí firmemente que empezaría a arreglar las cosas. La noche del domingo y para demostrarme que iba en serio, puse el despertador muy temprano. Claro está que no lo conseguí, no hay que odiarse a uno mismo, solo a veces.

Hace tiempo era más estricto conmigo mismo, sin embargo, un día escuchando una conversación de dos desconocidos me di cuenta de algo: todos somos iguales. Las mismas aspiraciones, las mismas conversaciones, las mismas preocupaciones y problemas. Miles y millones de humanos con sus piernas y sus brazos, sus pezones y sus tripas. Carne. Darte cuenta de que eres igual que el vecino del sexto derecha, es una mierda muy jodida y más cuando tus padres te han animado desde pequeño a lo contrario, demostrándote lo especial que eres imantando tus dibujos en la puerta del frigorífico. Esta es la razón para entender lo difícil que es aceptar la idea de que todos somos iguales. ¿Por qué iban a mentirte tus padres?

Unas personas nunca se lo plantean, otras como yo nos frotamos el pecho y el último grupo reafirma su posición de exclusividad, convencidos de que sus padres tenían razón, vistiendo de forma extravagante, enseñando los tobillos en pleno invierno y comprado fundas para el móvil, hechas con piel de niño macedonio.

Por aquella época estuve un poco más neurótico de lo normal, me frotaba el pecho con la palma de la mano más veces de la cuenta. Cuando fui a mi médico de cabecera y le comuniqué mis descubrimientos y mi ansiedad por el futuro, me dijo que me dejase de tonterías, que tenía pacientes con problemas más graves. En un gesto de buena voluntad, me recetó un potente antigilipolleces pero como soy un hipocondriaco que usa más internet para buscar síntomas que para ver pornografía, me dieron miedo los efectos secundarios y no pude tomarlos.

Las personas que cuidan su imagen tanto como poco hacen con su interior no valen nada. Así como las personas que no destrozan su hígado los fines de semana. Después de todas las noches de exposición, de todo el sabor a sal y sobretodo esos fuegos artificiales, esta forma de nihilismo irresistible está pegado a mí para siempre.

Algunos de vosotros leeréis esto y os gustará y sin embargo representáis todo lo que odio. No es vuestra culpa. Y desde luego no es mía.

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